Usted está en : Portada : Crónica Viernes 30 de junio de 2006

Las pestes que sembraron la muerte en el desierto

Las pestes atacaban por y desde todos los puntos cardinales y se ensañaban con los poblados donde los escasos recursos impedían hacerle frente con éxito.

Los primeros veinte años del Siglo XX en la Provincia El Loa no fueron precisamente de dulzura y felicidad. Al contrario. Lo ocurrido se suele repetir cada vez que los habitantes de la Tierra de Sol y Cobre olvidan sus creencias. Será simple coincidencia, pero ocurre. La realidad se torna recurrente hasta los días nuestros. La Madre Tierra o Pachamama no admite omisiones y reclama la presentación del pase correspondiente para dejarse herir. Lo saben los mineros viejos y los contemporáneos.

En el año 1900, la minería se instalaba en esta zona y dio lugar a la llegada de gran cantidad de personas que buscaban hacer dinero por estos lares sobrepasando creencias y costumbres y hasta burlándose de ellas. Los loínos natos se dejaban llevar por las influencias foráneas y caían en el juego, como sigue ocurriendo. Debieron pasar 15 años de riñas, pendencias, agresiones, muertes, antes que la Chile Exploration Company iniciara los trabajos en Chuquicamata, para que la actividad laboral se organizara, provocara mayores obligaciones y comenzara un leve ejercicio de la tranquilidad. Infortunadamente, en forma paralela, la muerte caminaba por las calles del Norte Grande o estacionada en los andenes y salía al encuentro de las personas embarcada en las pestes. Fueron años de extrema desgracia y dolor que el nortino supo sobrellevar y sobreponerse para rubricar el pensamiento que Calama, por ejemplo, es una ciudad heroica, no por batallas y guerras, sino por lo que se requiere para vivir. Del mismo modo esa actitud logró inspirar a algún poeta que estampó para la posteridad que "estos hombres del norte son el cuño de una estirpe señera inextinguible", que triza sus cualidades sólo cuando olvida su fe en Dios, la Virgen María, la Pachamama, la solidaridad y, entonces se derrumba. Los viejos loínos dan testimonio y ponen a la historia por testigo.

 

Navegante

Algún encanto especial debe tener El Loa para que los malos augurios y los ataques lleguen desde fuera para derivar en intranquilidades comunitarias.

En 1903, el vapor "Columbia" procedente de San Francisco, trajo la peste bubónica. Se habría infectado en El Callao y recaló en Iquique y Valparaíso, pero fue la Segunda Región la que se ganó todos los premiados en la propagación del mal. Los nortinos, entre ellos los calameños lo bautizaron como el "Barco Maldito", porque su ingreso al país significó el comienzo de veinte años marcados por miles de muertes, no sólo a causa de la peste bubónica, sino también de la viruela, fiebre amarilla, tifus exantemático, sarampión, neumonía, tuberculosis.

En 1907, en agosto realizaron un balance de las consecuencias de la bubónica en Pisagua, Iquique, Antofagasta, Calama, Taltal y dieron cuenta de 695 casos, de los cuales murieron 302.

En 1910, nuevamente vía marítima, ingresaron a Antofagasta, en barco procedente del Callao, dos casos de fiebre amarilla. Ese mismo año, a fines de julio la peste bubónica había cobrado 988 vidas de 3 mil 53 personas que la contrajeron y entre ellas, los calameños y pobladores del interior eran mayoría.

 

San Pedro de Atacama

Las pestes atacaban por y desde todos los puntos cardinales y se ensañaban con los poblados donde los escasos recursos impedían hacerle frente con éxito.

En 1911, San Pedro de Atacama se vistió totalmente de negro, ante el fracaso poblacional y de las autoridades correspondientes para enfrentar y afrontar una epidemia de alfombrilla neumónica. Toda la población infantil fue atacada. Los sampedrinos que estaban entusiasmados con la minería, recordaron sus creencias, clamaron al Cielo, pero, ya era tarde. En los tres primeros meses murieron más de ochenta menores, una muerte cada día y por la misma causa.

Y era apenas el comienzo. Cuando aún la Segunda Región no restañaba su heridas por la desgracias de San Pedro de Atacama, en abril reaparece en Mejillones la peste bubónica con 9 casos declarados además de dos en Antofagasta. Como para rubricar, en agosto, cunde la alarma por la epidemia de viruela que cubre la Provincia El Loa y al lazareto de Antofagasta son derivados más de 150 casos. Fueron días de dramatismo lacerante, cada día había muertes. En Calama nació el "Cementerio de los Apestados" al otro lado del río.

A nivel regional, entre el 20 de marzo y el 6 de diciembre hubo 515 casos de distintas epidemias. De esa cifra, 183 fallecieron por viruela y 12 por la peste bubónica.

En 1912 revivió la fiebre amarilla y entre el 12 de febrero y el 3 de abril hubo 51 casos de los que fallecieron 24. A nivel regional la mayor desesperación invadió Tocopilla que por entonces tenía 5 mil quinientos habitantes de los que dos mil decidieron emigrar para salvarse de la fiebre amarilla que se propagó por el Cantón El Toco y las salitreras Peregrina, Santa Fe y Coya.

 

Mentholatum y escupitín

 

Otro respiro de alivio se produjo en mayo de 1915 con la llegada del Mentholatum, el ungüento norteamericano que aliviaba resfríos, servía para las quemaduras y los dolores, casi para todo. Desde entonces, a las personas que se desempeñaban en varias actividades las empezaron a llamar "mentolato".

La contrapartida, por causa del infortunio, octubre comienza con el aumento de la tos convulsiva que de 12 mil casos se elevó a 15 mil. A todo nivel se realizó la gran campaña destinada a convencer a los habitantes para que no escupieran en el suelo y así evitar la tuberculosis. Se popularizaron los escupitines, mientras en las escuelas, los profesores sancionaban a los alumnos por la mala de educación de no usarlos.

Sin embargo, en febrero de 1917 la tuberculosis llegó con fuerza, invadió el norte chileno. Los pobladores del interior se eximían, pero cuando viajaban hacia los centros más poblados contraían la enfermedad inmediatamente. La epidemia fue inevitable.

Así, entre pestes y epidemias llegó 1920. En junio, los pobladores del interior subieron a las alturas volcánicas y allí ante grandes fogatas hicieron ofrendas a la Pachamama en el comienzo del año nuevo indígena. Como recuerdo de esas ofrendas quedaron grandes altares que, años más tarde, serían causa de especulación en el sentido que allí se ofrecieron sacrificios humanos, afirmación que dista mucho de la realidad.

Las ofrendas y la renovación de la fe alejaron las pestes que solían reaparecer para aterrorizar a quienes recordaban los primeros veinte años del Siglo XX.

El respeto a la Pachamama, así como las devociones a los santos patronos se acentuaron y permanecen. La lección fue dura. El hombre aprendió que no lo puede todo, que necesita de Dios y de la fe y, que para recurrir al Cielo se requiere elevada cuota de humildad, como lo enseñó Jesús:"Aprended de Mí que Soy manso y humilde de corazón".

 
 
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