Usted está en : Portada : Deportes Jueves 23 de noviembre de 2006

Cuando Chile se tiñó de naranja

Hace 25 años, Cobreloa estuvo en los ojos de América. Con un plantel de jugadores jóvenes y aguerridos, mezclados con hombres de experiencia en canchas nacionales y extranjeras, buscaron la gloria para nuestro país en Copa Libertadores de América y estuvieron a un paso de conseguirla.

Fue un día como hoy, cuando el debutante y sorprendente equipo chileno de camiseta naranja jugó contra Flamengo el tercer partido de la final de América. Pese a que Cobreloa era un equipo debutante, tuvo un excelente desempeño que tiñó de naranja a un país entero.

 

La antesala

Se jugaba la versión número 21 de la Copa Libertadores y llegaba a los ojos de América un equipo desconocido de camiseta naranja y con un estadio enclavado en medio del desierto, a un lado de la mina a rajo abierto más grande del mundo.

En Calama se vivía un ambiente de fiesta desde que el club subió a la Primera División, y sobre todo en el verano de 1981, porque recientemente se había alcanzado la primera estrella nacional. El plantel seguía a cargo de Vicente Cantatore, y se registrarían algunas contrataciones que la historia se encargaría de retener luego: Washington Olivera, Jorge Luis Siviero y Eduardo Fournier. Con ellos se completaría una planilla de lujo para un equipo chileno, pero eso no sería lo que más se rescataría, sino la plusvalía que significaba tener un "grupo compacto de amigos con mucha humildad y ganas de ganarlo todo", como lo definiría hace algunos años el propio Cantatore.

 

Primera fase

El Grupo 5 alojó a Cobreloa y Universidad de Chile, y a los peruanos Sporting Cristal y Atlético Torino. Los naranjas lideraron el grupo al final con 9 puntos (3 triunfos y 3 empates). El debut fue un 0-0 ante los azules, pero comenzarían a quedar en la memoria algunos resultados impresionantes para el plano internacional, obtenidos no sólo en la altura de Calama.

Los "Zorros del Desierto" apabullaron por 6-1 a ambos representantes del Rímac y se instalarían en semifinales para seguir escribiendo su historia con letras doradas. En la llave "A" clasificaron Flamengo de Brasil, Deportivo Cali de Colombia y Jorge Wilstermann de Bolivia. En la "B" llegaba el asombroso debutante junto a dos gigantes: Peñarol y Nacional de Montevideo. En todo el continente se hablaba de una final entre el poderoso equipo brasileño y alguno de los entonces imbatibles uruguayos.

 

Hazaña en Montevideo

En dos épicas batallas celebradas en el Centenario charrúa, con 35 mil personas primero y 30 mil después, los naranjas vencieron 2-1 al Nacional y 1-0 a Peñarol. Por primera vez, un equipo chileno ganaba en ese estadio. Parecía imparable. Sumando 7 puntos (con un empate y un triunfo de local), dejó a sus rivales con 3 y 2 unidades, respectivamente. En Calama se deliraba, surgían los primeros problemas, había que trasladarse a Santiago para jugar en el Nacional la final, era inevitable. Sudamérica alababa a este grupo de jugadores, mientras trataba de memorizar sus nombres. Todo Chile festejaba. En tanto se hablaba de "o mais querido" como el equipo favorito por sus figuras: Mozer, Junior, Tita, Leandro, Adilio y Arthur Antunes Coimbra, "Zico".

 

Finales

Hubo gusto a poco en la primera final. En el segundo tiempo de aquel lance, los loínos merecieron al menos un empate, pero Merello puso el descuento, estructurando el 2-1 y Zico fue el verdugo en un Maracaná donde había 94 mil personas.

Para la polémica histórica, un penal que favoreció a los locales y que habría "inventado" el juez argentino Carlos Espósito. El segundo encuentro sería en Ñuñoa. El Loa se desplazó en masa y como pudo, en caravana o por aire, para hacer ver al Nacional de un solo color: naranja. Varias salvadas de los cariocas, y un gol de Merello, transmitido para todo el país por el vibrante relato de Pedro Carcuro, se clavaría en la memoria colectiva y obligaría a viajar al Centenario de Montevideo otra vez. Pero en esta ocasión no pudieron. Los loínos cayeron 2-0 y terminaron jugando estoicamente con 8 hombres, tras las expulsiones de Mario Soto, Eduardo Jiménez y Armando Alarcón.

Ese día lloró Chile entero, pero al mismo tiempo había una cuota de agradecimiento infinita, porque se trataba de un equipo "recién nacido" que ya pintaba para grande..

 
 
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