Usted está en : Portada : Crónica Lunes 18 de junio de 2007

El aluvión de Antofagasta y la solidaridad de loinos

92 muertos, desaparecidos y daños materiales aún no calculados, marcaron uno de los episodios más tristes que recuerde la Segunda Región

Hoy se cumplen 16 años de otra de las grandes tragedias que ha afrontado la Segunda Región y que simultáneamente sacó a la luz la innegable solidaridad de los habitantes de la Provincia El Loa.

La naturaleza desató su furia y le ganó una batalla al hombre, pero el amor al terruño, la fe y la esperanza hicieron que Antofagasta renaciera merced al esfuerzo, con el aporte solidario de los loínos.

Era martes, un día desprestigiado por su acarreo de desgracia. No era 13, sino 18 de junio de 1991. Los calameños habían despertado temprano porque desde la medianoche una llovizna suave, pero permanente, caía sobre la Provincia El Loa y obligaba a subirse a los techos a mojarse para tapar las goteras. La llovizna no logró ahuyentar a los trabajadores, quienes salieron a sus faenas como todos los días. Quienes vieron fracasados sus planes fueron los viajeros. Algunas agencias de buses habían suspendido las salidas a Antofagasta y a regiones de más al sur, por instrucciones superiores. Los agentes no tenían mayores explicaciones.

Por razones extraordinarias, uno de los reporteros de El Mercurio de Calama debía ir a la Perla del Norte ese día y no otro. Logró viajar en un bus cuya agencia decidió que llevaran a los pasajeros hasta donde pudiera llegar. Otros pasajeros comentaban que "le están poniendo mucho. Antes que lleguemos a Cerritos Bayos ya no encontraremos lluvia". Pero, el bus con chofer de buena voluntad, pasó Cerritos Bayos y la llovizna continuaba. Pasaron Sierra Gorda y persistía la llovizna. En Baquedano, un carabinero subió al bus y dijo a los pasajeros que debían devolverse porque no podía dejar pasar el vehículo, porque la ruta estaba muy peligrosa. Los pasajeros acataron. El bus retornó a Calama. El reportero se quedó en Baquedano. Un camionero de apariencia joven, logró ser autorizado por Carabineros para seguir viaje porque no llegaría hasta Antofagasta, sino que se desviaría en La Negra.

Reportero y chofer no tenían idea lo que les esperaba. Cerca de Mantos Blancos un río de aguas turbias caía sobre la carretera y se iba por ella. Más abajo otro y otro. Al llegar frente al desvío de La Negra, un camión con acoplado se había atravesado en la carretera. El chofer quiso imponerse el deber de decirle a sus colegas que no pasaran por allí, porque la ruta estaba intransitable, se había formado una laguna junto a un cruce ferroviario, además, no se podía pasar para Antofagasta, porque simplemente no había ningún camino, porque se había derrumbado. El reportero y el camionero decidieron seguir por la cuesta Salar del Carmen. El letrero antiguo que invitaba a enganchar no se veía, el barro lo había cubierto. Así de alto era el lodo. Las aguas turbias seguían aumentando ante la suma de nuevos ríos.

El chofer se dio cuenta que no podía dominar el camión que prácticamente se deslizaba por el barro. A todo lo ancho de la quebrada había barro. Las ruedas del camión no giraban, pero la máquina avanzaba. Por otra quebrada, bajaba agua en gran cantidad, porque se rompió uno de los estanques de la planta de filtros. Había postes en el suelo. Alambres eléctricos a media altura. El camión iba derechito a estrellarse con poste y alambres, pero, providencialmente, el operador de un payloader que subía tratando de abrir camino, vio el camión y en rápidos movimientos enderezó el poste y levantó los cables eléctricos en los precisos momentos que el camión llegaba a ese sitio. Gracias a Dios. El del "paylor" le hizo una seña al chofer deseándole suerte y éste le agradeció con otra señal. Vino la última curva y, reportero y camionero no sabían si elegir entre admirarse o cosechar el temor que les invadía, porque el móvil avanzaba más rápido a veces de costado o de punta, amenazando volcarse.

 

Hacia el lado sur, esas poblaciones que tradicionalmente saludaban a los viajeros que entraban a Antofagasta estaban debajo del barro. De la Villa El Salto no había una vivienda. Muchas personas semidesnudas escarbaban en el barro en busca de sus parientes, de sus pertenencias.

Hacia el lado norte, los edificios de departamentos estaban socavados y milagrosamente se mantenían en pie. Por allí fue posible ver a Leonel Mundaca Castillo, profesor, quien fue director de varias escuelas en Calama y después se radicó en Antofagasta. Mundaca se estaba cambiando y trataba de sacar algo de su domicilio. Más abajo había otros muros más fuertes sobre los que estaban estrellados automóviles y camionetas. En la calle Sarmiento donde los vehículos hacían agua, varios camiones, unos sobre otros resumían la fuerza del aluvión. Las casas estaban imposibles. El barro penetró por una parte y salió por la otra arrastrando muebles, lavadoras, enseres, todo y personas de todas las edades. En la población El Olivar sólo quedaba el recuerdo de una multicancha. Un enorme montón de escombros detuvo por fin al camión. A los pocos minutos llegó un carabinero a cursarle una infracción por bajar Salar del Carmen a demasiada velocidad. El chofer se desgañitó explicándole que el camión bajaba sin control. No hubo caso. Se había juntado la gente alrededor del vehículo para ver si los ocupantes estaban vivos. Contaban que "el camión daba tremendos saltos". Los ocupantes estaban bien vivos e ilesos, pero semicontentos por la inesperada frenada que resultó salvífica. Siguieron a pie. Nunca hubo desgracia tan grande. Parecía increíble. En pleno centro de la ciudad monumentales muros de barro retrataban el aluvión. La capital regional estaba destruida casi totalmente.

 

Solidaridad

Mientras tanto, arriba, el payloader había abierto camino. Por Salar del Carmen bajó el primer vehículo. Una camioneta. El conductor, sin acompañante, era monseñor Juan Bautista Herrada, obispo de Calama, quien llevaba víveres y ropas para los damnificados. El había sido avisado en horas de la noche, desde el Arzobispado. Más tarde, otras camionetas, también de Calama, un grupo de señoras llevaba comida preparada en grandes fondos para repartir. Después, los mineros de Chuqui armaron de nuevo la desaparecida población René Schneider de Antofagasta. Otros loínos, ejemplares, en número de 120 viajaron desde San Pedro de Atacama para barrer las calles antofagastinas. Otros trabajadores de Chuqui operaron maquinaria para despejar calles y casas. El alcalde Nalto Espinoza viajó con varios vehículos que llevaron estanques para el agua, agua potable, material de construcción, alimentos, ropas. Se portó bien Calama, como siempre. En Calama también hubo damnificados, pero olvidaron sus males ante la gran tragedia de los antofagastinos.

Al interior de la capital regional hubo numerosos milagros.

Una niñita que se salvó navegando en una lavadora, otra que flotó porque llevaba una Biblia entre sus manos, otros adultos que se subieron a los postes y otros que pudieron escapar porque en el momento del aluvión estaban levantados.

Cada persona tenía una narración distinta. Para muchos fue vivir el infierno, pero para todos fue el luto, porque el aluvión bajó por todas las quebradas, pero las más notables por el daño fueron las de La Cadena, Salar del Carmen, Baquedano y El Ancla, pero también hicieron su aporte destructivo las del Huáscar, Jardines del Sur, Universidad de Antofagasta, Las Vertientes, Caliche, El Toro, Uribe, Riquelme, Farellones, Bonilla Norte y Sur, Club Hípico y La Chimba.

Cuatro horas de lluvia que precipitaron 65 milímetros de agua, dejaron consecuencias increíbles, 92 muertos, 16 desaparecidos, 650 heridos, 2 mil 500 viviendas destruidas o anegadas, equipamiento escolar, comercial, social dañado e infraestructura urbana interrumpida o colapsada.

Esa noche, en numerosos lugares donde quedó algo de viviendas, las velas iluminaban ataúdes y la gente recitaba el Padrenuestro, el Avemaría y el Gloria con esmerada devoción.

La solidaridad loína pudo despejar calles, levantar poblaciones, vestir desnudeces, saciar las hambres, pero no logró mitigar el dolor mayor que ha afrontado en su historia, la Perla del Norte.

 
 
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